Pensar en Argentina es imaginarse las vastas llanuras soleadas de la Pampa, pobladas de caballos galopando. El criollo, este caballo robusto e incansable, encarna mejor que ningún otro el espíritu libre de los gauchos.
El criollo desciende de los caballos andaluces, importados por los conquistadores españoles. En el siglo XVI, durante el primer intento de los españoles de establecerse en Buenos Aires, los nativos incendiaron su campamento, y se vieron obligados a dejar atrás parte de sus caballos.
Los animales se escaparon en la inmensidad de la Pampa, y empezaron a reproducirse en libertad. Con el tiempo, el criollo fue domesticado nuevamente, especialmente para la caza y el trabajo agrícola.
Características únicas
Compacto y poderoso, el criollo es bastante petiso, mide entre 1,40 m y 1,50 m a la cruz. Su morfología está adaptada a las largas cabalgatas, su silueta es de tipo «rectangular»: un pecho amplio, miembros sólidos, un cuello musculoso y una osamenta robusta. Los pelajes de la raza son muy variados, lo que testimonia la riqueza genética de los Criollos.
«Su tipo es el de un caballo de silla, equilibrado y armonioso, bien musculado y de fuerte constitución, con su centro de gravedad bajo. De buen pie y de aires sueltos, ágil y rápido en sus movimientos» describe la Asociación Francesa de Criadores de Caballos Criollos (AFCCC).

Pero más allá de su apariencia, es su temperamento lo que lo distingue de los demás caballos: valiente pero dócil, el criollo obedece fácilmente a su jinete mientras mantiene un espíritu vivaz e independiente. También es muy inteligente. Una combinación ideal para enfrentar los imprevistos de la naturaleza o el ganado rebelde.

El criollo, caballo de todas las hazañas
Entre las historias que forjaron la leyenda del criollo, se encuentra la expedición de Aimé-Félix Tschiffely, la más célebre de todas. En 1925, este suizo decidió viajar desde Buenos Aires hasta Nueva York a caballo. Acompañado de Mancha y Gato, sus dos criollos, recorrió más de 21.000 kilómetros en tres años, atravesando desiertos, montañas, selvas y ríos, para finalmente llegar a Nueva York el 20 de septiembre de 1928. Esta hazaña increíble demostró al mundo entero la resistencia inigualable de esta raza y lo elevó al rango de caballo mítico.
«Estos caballos… Mancha y Gato, probaron la invencibilidad del Criollo, capaz de enfrentar todo, incluso las pruebas más extremas«, escribió Aimé-Félix Tschiffely en su diario de viaje.

Cada año, Mancha y Gato reciben un homenaje nacional bien merecido. El día nacional del caballo, que se celebra el 20 de septiembre en Argentina, hace eco al día en que entraron a la ciudad de Nueva York.
En las tradiciones rurales
En toda Argentina, el criollo está presente en las fiestas rurales, las jineteadas (rodeos), las competencias de doma (doma) y las marchas (resistencia). Estos eventos, mucho más que simples espectáculos, muestran la gran versatilidad de esta raza.
Los gauchos, estos vaqueros argentinos, no podrían imaginar su cotidiano sin su fiel montura.
En las estancias, el criollo participa en el arreo del ganado, la vigilancia de los rodeos y los cruces de los pastizales. Su resistencia y su sangre fría lo convierten en un aliado valioso para enfrentar los imprevistos de la vida rural en los campos.
El caballo criollo más allá de Argentina
Si el Criollo está íntimamente ligado a la identidad argentina, su reputación supera ampliamente las fronteras del país.
Hoy, encontramos criadores apasionados en Uruguay, Brasil, Paraguay y Chile, donde la raza a veces ha dado origen a líneas locales adaptadas a las necesidades específicas de cada región. Asociaciones internacionales se dedican a la preservación de sus estándares y a la promoción de sus cualidades únicas.


