Marc Delecourt Fernández, el artista franco-español, conocido como Dele GT en las redes sociales, tradujo más de 900 temas de habla hispana y pintó de francés un género popular que lo abrazó hasta volverlo propio.
El recuerdo está intacto. Su novia Delfina lo sienta en el sillón y le advierte: «Preparate, ¿estás listo?». Aquel mediodía soleado de diciembre de 2022, en pleno primer viaje a Buenos Aires, Marc Delecourt Fernández —biólogo en ciernes y melómano empedernido— se contagia el virus de la cumbia argentina. Es su bautismo de fuego: los Wachiturros a todo volumen, el subgénero villero sonando en el living familiar. Un choque cultural que lo deja desconcertado. Y fascinado.
A partir de ese primer encuentro (desconcertador, ¿para quién no?) con el grupo Wachiturros y el subgénero villero, el joven franco-español decide hacer algo para impulsar la propagación de este lejano, inquietante y pegadizo rumor urbano. «Desde siempre me encantó la música y amo explorar nuevos campos del conocimiento», cuenta Marc, 26 años. Cual antropólogo musical, el joven dice haber encontrado en los ritmos del Río de la Plata una forma de saciar sus dos curiosidades.
Fan del keytar
Aquella inmersión vivida en la Navidad del 2022, en la familia de Delfina, es un antes y un después. Es el día en que Marc, que conserva su acento peninsular, «ha flipado». «Después del asado, empezaron a poner cumbia y cuarteto, mi suegra bailaba «Amor clasificado» de Rodrigo y yo pensé »Wow, ¡¿qué es esta música?!». Para mí fue muy loco, viniendo de las navidades invernales en Francia y de escuchar villancicos en España».
De madre oriunda de Barcelona y de padre originario de la capital de la Champagne, Marc nació en París y creció entre un puñado de ciudades – Madrid, Barcelona, Boston, Nancy-, siempre escolarizado en colegios franceses. «Los franceses estamos por todo el mundo y nos encanta compartir o entre comillas «vender» nuestra cultura», dice quien aporta ahora de lo suyo para hacer que suene más galo el keytar, ese teclado-guitarra popularizado por Pablito Lescano.
Se recibió de biólogo en Barcelona, fue investigador durante un año, lo dejó, trabajó en ventas, como preceptor, como profesor y sacó dos discos en español con canciones propias. En “Corazón abierto” e “Historia de una pista de baile”, de pop urbano, todavía no se percibe su predisposición por la cumbia argentina, hasta cuesta imaginar la desfachatez que manejaría con tanta naturalidad apenas un par de años más tarde.
«Llevo cantando desde el 2015, pero no me iba bien, no me sentía identificado con lo que hacía y sentía que estaba renegando de una parte mía al cantar solo en español». El déclic llega cuando el papá de una alumna le aconsejó que tomara una matriz, una columna y una fila. Familiarizado con los vocablos matemáticos, Marc entendió el mensaje: había que volcar dos ideas que no tienen nada que ver entre sí y unir esos dos puntos, a la manera del trazo que guía el perrito hacia su casa, en los laberintos infantiles. «Ahí me definí, iba a enseñar con música… Y traducir canciones».
Antes de hallarse en la cumbia argentina, Marc se paseó por el denso bosque de la pop internacional con un lema impactante: ¿Cómo sonaría en francés? Su cover franchute de «Los Ángeles» de Aitana (reposteado por la cantante), el de «Provenza», el hit de Karol G, o, incluso, su versión de «Mariposa Tecknicolor» de Fito Páez llamaron la atención de los públicos colombiano y mexicano. Marc llegó a grabar un video por día, logrando viralizar más de uno. En paralelo, completó un máster en Marketing en Madrid, donde ahora reside. La llave del éxito, si recordamos que Bizarrap fue estudiante de la misma carrera en la UADE.
Pero ¿Cómo pasó de cantar prolijo a calzarse camisetas de fútbol, visera, tirar unos pasos con el mate o un vino en Tetra Brick en mano? Si su padre francés fue quien lo introdujo en la música desde chiquito con Led Zeppelin, fue su suegro argentino quien lo arengó a avanzar con su proyecto. También lo introdujo al rock nacional, a Charly, Serú Girán y Spinetta. Cuando avistó la ola de argentinización que se le venía encima, Marc decidió subirse a su tabla para surfearla. «Mi novia se lo tomó como una verdadera misión», analiza el joven, que supo ser permeable a la estética cumbiera. Con este impulso, realizó una catarata de covers, que provocaron el llamado de bandas como Amar Azul, Supermerk2 y más pesos pesados de la escena para cantar juntos.
«En otros países, se nota mucho la distancia entre los artistas consolidados y los emergentes. En Argentina, es distinto», cuenta Marc, impactado de que un grupo con 40 años de trayectoria, como Amar Azul, lo haya invitado a cantar con ellos en Madrid. «De repente, los Pibes Chorros me recibieron en su casa, con su familia», recuerda el cantante, que, en enero de 2025, acompañado por Los Charros y Andy de los Altos Cumbieros se presentó en el Niceto club con su primera cumbia, «Re loco».
«Los compañeros todavía se asombran de que yo cante cumbia en francés. Para ellos es una locura, porque dicen que eso demuestra que la cumbia no es solo barriobajera: va más allá», afirma Marc, quien trabaja a medio tiempo en un comercio para dedicarle energía a sus covers. Hoy se enfoca en la producción de su próximo disco, que lanzará a finales de 2026, con temas propios. El álbum consistirá en tres actos: América del Norte, Centro y Sur, y contará con la colaboración de referentes de todo el continente, guardando un lugar especial para el país y el género que lo abrazó con tanto cariño.
Los 7 «HITS» argentinos, por Dele GT
«Mi relación con la música argentina empezó por amor.»
Seminare, Serú Girán (1978)
Fue la primera canción de rock nacional que me enseñó mi novia argentina. No fue solo una recomendación: fue la llave a un universo cultural completamente nuevo para mí. También fue el puente que me acercó a mi suegro. A través del rock nacional —ese lenguaje que para él es identidad, emoción y memoria— encontré un modo de conectar con su mundo, de compartir charlas, anécdotas y silencios que solo la música puede traducir.
11 y 6, Fito Páez (1985)
En 2023, pasé por muchos cambios, y la serie documental de Fito Páez apareció justo cuando mi vida precisaba de sensibilidad y verdad. «11 y 6» se volvió un refugio; la escuchaba caminando por Madrid como quien se aferra a una historia que no vivió, pero que siente profundamente.
De música ligera, Soda Stereo (1990)
Fue un impacto inmediato. Me demostró que el rock en español también podía sonar universal. Fue una revelación estética y emocional; desde entonces, no tengo dudas: Soda es la mejor banda de rock en español.
Yo tomo licor, Amar Azul (1996)
Este tema llegó a mí como una curiosidad, algo que cantaba por diversión… hasta que la interpreté en Francia y en francés. La reacción de la gente fue tan explosiva que entendí su poder. Cuando viajé a Argentina, la cumbia se convirtió en algo más: fue el género que me acercó al pueblo. En fiestas, en shows, en barrios, en estudios, en taxis… La cumbia se volvió un lenguaje. A través de ella dejé de ser un visitante para volverme parte del ambiente, aunque fuese por un instante.
Seguir viviendo sin tu amor, Luis Alberto Spinetta (1991)
Me fascinó su sensibilidad. Perfecta, casi transparente. Es una de esas canciones que no solo se escuchan: se sienten.
Amores como el nuestro, Los Charros (1996)
Además de parecerme una canción preciosa, tiene un valor especial desde que pude colaborar con la banda. Eso marcó un antes y un después: ya no estaba solo interpretando música argentina, empecé a formar parte de ella.
La resaka (2003), Supermerk2 y ¡Qué calor! (2003), Pibes Chorros
Himnos de celebración y descontrol. Cuando los canto en mis conciertos, la atmósfera es indescriptible: es adrenalina, es fiesta, es un latido colectivo. En el fondo, esta playlist involuntaria terminó convirtiéndose en mi propia historia: una historia que empezó con una persona, creció con una familia que me adoptó y se consolidó con una comunidad entera que me recibió a través de la cumbia.


