Sin medir riesgos con Ariana Harwicz

Un día hizo las valijas, cruzó el Atlántico y se instaló en algún lugar perdido del centro de Francia. Allá conoció el amor, la maternidad, la soledad del campo… De ahí nació su obra, que fue llevada al cine de Hollywood con producción de Martin Scorsese. ¿Quién es la persona detrás de Ariana Harwicz, la autora argentina del año?


«Una cosa es escuchar música caminando por el bosque y otra cosa en una casa silenciosa. La música es perfecta para que te haga pensar de otro modo lo que estás viendo», dice Ariana del otro lado del tilde azul brillante de WhatsApp. Da vueltas por los caminos que bordean las colinas y los valles de la Borgoña francesa, bajo el cielo encapotado del invierno europeo. Vive en un lieu-dit, un lugar aislado cerca de La Charité-sur-Loire, pueblo medieval de cinco mil habitantes. Una tierra atravesada por el río y los viñedos, a doce mil kilómetros de la ciudad que la vio convertirse en la mujer de la cual haría eclosión, mucho más tarde, la escritora.

Ariana Harwicz nació el 13 de diciembre de 1977 en Buenos Aires, en el sanatorio Otamendi. Hija de Carlos, distribuidor y exhibidor de cine, exmilitante en los setenta, cuyo padre fue parido en un barco mientras la familia escapaba de la miseria del final de la Primera Guerra Mundial. Venían de un pueblo entre Polonia y Rusia, de una pobreza extrema que el esfuerzo del abuelo de Ariana trasladó a la clase media universitaria. Ariana también es hija de Silvia, psicóloga, exmaestra jardinera, cuyos antepasados eran polacos. Silvia y Carlos tuvieron dos hijos: Ariana es la hermana mayor. Conformaron una familia de cultura judía que festejaban todas las festividades, pero no eran de ir al templo. «Creció con esa premisa», dice su padre Carlos. El matrimonio duró unos pocos años, aunque el lazo familiar nunca se rompió.

Un lenguaje propio

«Me recuerdo bastante desgraciada en la vida social y en los grupos; si bien en toda mi niñez estuve en clubes, viajes y campamentos, era infeliz en esas situaciones», dice la autora de La débil mental y Precoz, entre muchos otros, una de las escritoras emblema del gran florecimiento de escritoras latinoamericanas del primer cuarto del siglo XXI, y cuya novela Matate, amor fue llevada al cine de Hollywood con producción de Martin Scorsese.

En esos primeros años, se escondía. En el refugio de una montaña en un viaje a la Patagonia. En caminatas rumbo al horizonte sobre las vías del tren. En paseos nocturnos en bicicleta. Se inventó su propio lenguaje, un idioma que solo ella entendía. El monólogo en su cabeza era inabarcable. «Miraba mucho por una ventana en las vacaciones, hacia abajo, y pensaba: qué loco, hay gente que salta y se tira, ¿cómo sería saltar?». Dice que tenía una vida interior que la satisfacía y otra que había que hacer para estar con todos. Una cabeza un poco novelesca. «Así me percibo yo —con esa voz firme y tan suya—. No sé cómo me veían los demás».

Pero la vida interior no se quedaba puertas adentro. «Exploraba los límites, igual que en su escritura —cuenta Carlos desde otra pantalla de WhatsApp—. Una vez se fue caminando sola por la playa. Era chica, nos asustamos. La encontramos muchas horas más tarde. Estábamos desesperados, pero ella explicó muy tranquila que se había ido porque quería ver qué había más allá».

Para Gabriela Halperin, psicóloga y coordinadora de discapacidad e infancia de la Asociación Mutual Israelita Argentina (AMIA), además de amiga desde la infancia, «Ari es de esas personas que siempre está adelantada en algo» –escribe, tilde azul, el resto será por audios: «La conocí el segundo día de segundo grado, porque la trajeron después de que empezamos. Todos nos conocíamos, pero ella entró directo y se sentó al fondo. La maestra dijo: ‘Bueno, les pido por favor, tenemos una nueva compañerita que llegó hoy…’, y Ariana levantó la cabeza: ‘Me llamo Ariana y tengo a mis papás separados’. Era el año 1984. De eso nadie hablaba nunca. Yo volví a mi casa, no dije nada, pero me quedé pensando qué era eso de tener padres separados, si venían recortados o qué».

Un lugar en el mundo

Como muchos chicos de la colectividad, Ariana frecuentaba el club Hebraica, sobre todo un grupo de acción social. José Esses es escritor, amigo desde aquellos años y parte de Mitdanev (en hebreo, «voluntario»): «Era en los noventa y sonaba toda la cuestión del tercer sector y las ONG haciendo cosas que debía hacer el Estado. Un discurso bastante fuerte –aporta su mirada desde otro WhatsApp–. Nosotros pertenecíamos a una institución judía de clase media acomodada y por supuesto que Ariana tenía una mirada crítica y había contradicciones que también discutíamos». Con Ariana compartieron visitas a escuelas rurales y actividades en Lugano, Soldati, la villa 21 y la villa 31. También conseguían los pasajes para viajar a otras provincias, encarando a diputados y senadores para que entregaran los que les correspondían por su labor parlamentaria. El resto de las donaciones las conseguían de los socios del club. «Lo que descartaban en Hebraica Pilar terminaba en escuelas rurales», apunta José. 

Ariana completa el recorrido hacia ese pasado en las rutas, las casas de chapa y los pies descalzos: «Íbamos a comunidades de pueblos originarios. Organizábamos charlas, cine debate, les enseñábamos a los chicos a lavarse los dientes, hablábamos de prevención del embarazo». Una de las experiencias que recuerda como de las más fuertes es la de la comunidad mapuche cerca de Zapala, en Neuquén. «Fuimos varias veces y veíamos en directo otras formas de pensar, de celebrar, de sufrir, de gozar. Las relaciones, el amor, el odio, la niñez. Era vivir en su comunidad, aislados, con sus comidas y su cultura. Aprendí mucho de ellos». José suma recuerdos: «Nos invitaban a asados, a cumpleaños, a tomar mate. Como fuimos varios años seguidos, se formó un vínculo con la gente de la comunidad. Ariana se destacaba. Una vez tuvo una charla hot con uno de los tipos, para explicarle métodos anticonceptivos». A pesar de la empatía, el choque cultural estaba presente: José narra un episodio, alguien de la comunidad que le tocó la cola a una de las chicas, y cómo tuvieron que lidiar con cuestiones que entonces estaban naturalizadas.

Los poetas malditos, la ópera, Nietzsche

Terminado el primario, pero todavía en Mitdanev, Ariana se anotó en un secundario artístico. Pintura, danza, teatro, cine. Lo probó todo. También literatura, mezclando la necesidad de esconderse con la avidez por ver qué más había para ella en el mundo. Se rateaba de alguna materia para escaparse a la terraza del colegio a leer a poetas malditos y  surrealistas, a Oliverio Girondo, a Arthur Rimbaud. También Cortázar, Borges y Pizarnik. Más tarde, ya en el terciario, Heidegger y los diarios de Cheever. Fue cuando empezó a escuchar ópera y los nocturnos de piano.

«Era como que quería vivirlo todo, saberlo todo —rememora Federico Cardone, su profesor de cine en el secundario—. Por momentos era el centro de la clase: se interesaba, participaba, hacía preguntas. Una vez estuvimos hablando un montón porque le había encantado la historia de la República de Weimar. No era tema de la materia, pero nos pasamos toda la clase hablando de eso porque ella no paraba de preguntar». Pero también había momentos en los que no emitía palabra. «O le interesaba mucho o le parecía un opio total. No había término medio. Era adolescente, pero creo que había algo más».

«Siempre tuve una sensibilidad artística —afirma Ariana, e imagino que mientras me lo cuenta camina entre los viñedos desnudos, quizás pisa la nieve, quizás el frío le entumece los dedos—. Lo que pasa es que no sabía que podía escribir novelas. Nunca me había imaginado como escritora». Por eso al final eligió dos carreras: Guion y Dramaturgia, las dos ligadas al cine. Un tiempo largo creyó que por fin lo había encontrado. Pero había algo que no le cerraba, que la contenía demasiado, quizás en la forma, quizás en la técnica. Carlos me cuenta que desde chica Ariana era la que escribía para los actos de la escuela. Silvia dice que si hubiera tenido que pensar qué iba a ser su hija, seguro se le habría ocurrido escritora, porque siempre le gustó mucho leer. «¡A su viaje de egresados llevó un libro de Nietzsche!», se ríe, todavía asombrada. Y evoca que, cuando terminó la primaria, fue la encargada del discurso de séptimo grado. «Todos llorábamos por lo emotivo que había sido».

El sentido de la escritura

«El proceso de escritura es siempre igual —dice Ariana en otro de los audio que se cruzan—, sea para ser traducido a veinte idiomas o para ninguno. Siempre es la misma operación. La vida se empieza a desdibujar. Cuando estoy realmente dentro de la escritura, el paisaje de la vida se metamorfosea con lo que escribo. Empieza a ser todo muy extraño. Es una especie de bendición que solo ocurre cuando se escribe». Tanto Matate, amor como La débil mental, Precoz, Degenerado, Perder el juicio y los dos libros de ensayo —Desertar y El ruido de una época— tienen esa condición: los escribió estando sola en diferentes casas del campo a las que se fue mudando. Viñedos, colinas medievales, bosques sin vecinos. «Cada casa era una especie de set de filmación creado para el libro. Como en The Truman Show o La vida es bella«. Completa la idea: «Es como si todo estuviera puesto ahí para la escritura». Y agrega que la escritura reordena la vida. «Algo que uno pensó que en la vida no tenía sentido, lo tiene en la escritura. En la escritura todo tiene sentido; en la vida, nada».

«Cuando leí su primer libro, en la primera hoja, en el primer párrafo, la reconocí inmediatamente —asegura Federico—. Nunca había leído literatura de ella; conocía su manera de escribir por los guiones, pero sentía lo mismo que pasaba en la clase: que escribía viviendo». José Esses agrega: «Esa mirada sobre los márgenes, sobre la gente en situaciones de vulnerabilidad, no cambió. Ese compromiso de hacerse siempre una pregunta más sigue intacto».

A Ariana el mundo de los márgenes le atraía tanto que en su primera juventud armó la mochila y viajó. A Chiapas. A una playa nudista donde casi se ahoga porque nadó tan lejos que en un momento se dio vuelta y no sabía en qué dirección quedaba la orilla. A los dieciocho años se fue a Cuba y se puso de novia con un disidente del gobierno de Fidel Castro. «Nunca midió los riesgos —dice su papá—. Y así es su escritura. Se lanza sin medir, con todo, sin límite. A los dieciséis se peleó con un noviecito, salió de casa a las dos de la mañana, se tomó un taxi. Cuando el chofer le preguntó adónde iban, le dijo: ‘Usted maneje’«.

El campo, la soledad, Hollywood

Tildada de políticamente incorrecta por algunos sectores de la cultura, la escritura de Ariana Harwicz llegó tan lejos como ella. Un día hizo las valijas, cruzó en sentido inverso el mismo Atlántico que habían navegado sus ancestros y se instaló en algún lugar perdido del centro de Francia, donde formó pareja y tuvo su primer hijo, Julián. Hoy vive con el escritor argentino Edgardo Scott, con quien tuvo a su segundo hijo, Eliot. Había llegado como profesora de cine, hasta que se sentó frente a la computadora a teclear las páginas de Matate, amor. Luego aparecieron los lectores, las buenas críticas, las grandes editoriales, el libro convertido en película de Hollywood, y un regreso al cine que vivió como en una nebulosa durante su visita al Festival de Cannes. 

«Fue todo muy difuso, fantasmagórico. Y sigue siéndolo —dice—, porque ahora vienen los Oscar, los Golden Globe Awards, y veo las fotos de Scorsese con Jennifer Lawrence, Robert Pattinson, Sissy Spacek, Nick Nolte, todo el merchandising, los estrenos mundiales, y no termino de realizarlo. Lo real es escribir las novelas: ese momento de absoluta soledad, de doble vida, de pantalla dividida, donde la realidad psíquica de lo escrito es más real que lo que se vive en el día a día. Como que el árbol escrito es más real que el árbol que se ve enfrente de la casa. Esa inversión de roles. Todo eso es lo que me da felicidad. El resto ya empieza a marearme».

Ese es su último audio, porque ya recorrió el sendero de piedra, subió el escalón de la entrada cubierto de nieve, dejó atrás el cielo encapotado. Las demás voces también se irán silenciando, cada una a su tiempo, después de darle forma a los recuerdos de esa mujer que quieren y admiran. Mientras tanto, desde la soledad de otra casa perdida en medio de un bosque de la Borgoña –la ópera Werther de Massenet y los nocturnos de piano en el aire–, Ariana Harwicz se sentará a escribir su próxima novela, explorará la incomodidad del pensamiento, atravesará el lenguaje más allá de las fronteras.

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