Cuando sea grande, seré como Seguí

Antonio Seguí, el gran pintor cordobés, nos dejó en 2022, dejando tras de sí una obra prolífica donde el humor y la poesía desafían todos los estilos preestablecidos. A lo largo de una existencia a caballo entre Francia y Argentina, Seguí se cruzó con Pablo Neruda, Mercedes Sosa, Astor Piazzolla, Juan Domingo Perón, Raúl Alfonsín… Y con su servidor. Recuerdos.


Conocí a Antonio Seguí hace más de veinticinco años. En ese entonces, no sabía nada del personaje. Era a fines de los 90. Yo estaba en el secundario. Los miércoles a la tarde o los fines de semana, me ponía los rollers y cruzaba los bulevares exteriores parisinos para visitar a mi prima en Arcueil. Ella me preparaba un chocolate caliente y charlábamos del último disco de NTM o de los métodos de entrenamiento de Bruce Lee.

Vivía a pocos metros de la casa de Seguí, un hotel particular que había pertenecido al célebre químico y republicano del siglo XIX François-Vincent Raspail. «Víctor Hugo pasaba por aquí muy seguido», habría dicho el pintor, más que contento de poder citar a tan augusto predecesor. Y este otro: «Para mí Arcueil era la música de Erik Satie, por quien yo siempre he tenido una enorme admiración, que vivió a 200 metros del taller.» Mi prima había tocado el timbre por primera vez creyendo que llegaba a la Municipalidad. Unos transeúntes la habían confundido después con May, la hija del artista argentino. Las dos jóvenes terminaron por conocerse y hacerse amigas ahí nomás, en la vereda. Antonio también se hizo amigo. Le tenía mucho cariño al bull terrier de mi prima. «Cada vez que me veía pasar con Mona, se alegraba y venía a charlar. Él también había tenido un bull terrier, al que tuvo que hacer eutanasiar porque había devorado a un caniche en una terraza del Barrio Latino», recuerda Camille Moulonguet, productora de cine y prima del autor. Seguí tenía un sentido del detalle asombroso. «De repente, el caniche desapareció y una de sus patitas asomaba por el hocico del perro», precisaba cada vez que contaba el cuento.

Clases de filosofía, estatuillas africanas, asado

Poco tiempo después, mi prima se mudó a lo de los Seguí. No pagaba alquiler, pero daba clases de filosofía a la hija del artista que rendía el Bachillerato en forma libre. Yo asistía. Un día, el dueño de casa me llevo al sótano, donde residían las que él llamaba sus gorditas: urnas funerarias precolombinas del Río Magdalena. Asustadizo como soy, aquella visita me resulto aterradora. «Yo estaba acostumbrada y sentía que tenían buen espíritu, humor, con detalles que revelaban a la persona que estaba en la urna», matiza May Seguí. Las clases de filosofía transcurrían en el piso de arriba, bajo la mirada de un número incalculable de máscaras y estatuillas africanas. «De a poco, la colección ocupó toda la casa, sin que nadie se diera cuenta», explica su esposa, la curadora Clelia Taricco. «Cuando me encariño con un objeto, no me imagino que pueda quedarse solo… Me detengo cuando no hay más lugar», confesaba el pintor. También esa colección me había marcado a fuego en mis años de adolescente. Seguí no se limitaba a acumular: creaba puestas en escena en las que sus criaturas cobraban vida. «Les dedicaba tiempo. Cuando él estaba, todo estaba en su lugar, todo era calma. Cuando se iba, tenía la sensación de que las estatuillas se inquietaban y enloquecían», se acuerda Camille Moulonguet.

¿Cuántas veces puede uno ir a lo de Seguí antes de que te invite a degustar un asado o una gigantesca paella? De memoria, no tantas. Un día, la invitación llegó, así nomás. «Va a ser en el taller», había precisado mi prima. ¿En el taller? En ese momento me había parecido lo más natural del mundo. Para mí, Antonio no era un gran artista. Era el cordobés de Arcueil, un tipo simpático que fumaba sin parar, tanto que un extremo de su bigote había tomado el color del tabaco, contaba chistes de almacén y cuya risa contagiosa todavía resuena en mis oídos. «Tenía algo especial. Una luz. Nadie era indiferente. Nadie podía pensar que era un boludo o un tipo antipático. Era realmente encantador», confirma Carlos Abboud, amigo del pintor y del autor, a quien conoció en ese mismo taller (ver La montaña mágica de Carlos Abboud en La Revue n°3).

Despertar a las 6, café, La Voz del Interior

¿Podría imaginarse a Picasso preparando tapas para sus invitados bajo la mirada lujuriosa de sus Señoritas de Avignon? El taller era ante todo un lugar de vida. Una ventana hacia un jardín verde. Una larga mesa de madera, cubierta de papeles. Un fogón que caldeaba el ambiente y albergaba una parrilla. Un mate con su caja rectangular de un kilo de Taragüi. Colillas esparcidas por todas partes. La radio a toda hora. Al fondo, telas de todos los tamaños y todos los colores. Antonio se sentaba, se levantaba, iba y venía, se plantaba frente a una obra, entornaba los ojos buscando un detalle, agarraba otra que desplazaba al otro extremo del taller. El pintor no se queda quieto, trabaja con todo el cuerpo. «Me encantaba dibujar mientras él trabajaba. Los chicos estaban ahí, le alcanzabas un mate, le prendías el fuego… Cuando entraba en su cuadro, se abstraía de todo lo que pasaba a su alrededor, pero adoraba la compañía», recuerda May Seguí.

Después del Mayo del 68, donde no se había quedado de brazos cruzados (producción de afiches en Bellas Artes, toma de la Casa Argentina, ocupación del Odéon), había abandonado los cafés para replegarse en su taller. Un animal de trabajo. «No veo qué otra cosa hacer», confesaba, un poco culpable. Despertar a las 6, café, desayuno, lectura de La Nación, La Voz del Interior y Le Parisien. «Estaba más informado que cualquier habitante de Buenos Aires», señala Clelia Taricco. Luego se iba al taller a trabajar toda la mañana. Almorzaba y volvía hasta la noche. «Era su lugar en el mundo. Decía que había días en que todo fluía y otros en que no salía nada. Pero ir al taller era parte de su disciplina», dice Clelia. Alquilaba ese antiguo depósito desde 1964. Al principio, lo compartía con otros dos artistas: Lea Lublin y Rómulo Macció. Después llegaron Mario Gurfein y Vladimir Veličković, un artista yugoslavo que trabajaba sobre telas inmensas. «Antonio se preguntaba cómo habían podido trabajar juntos», recuerda Clelia.

Neruda, Mercedes Sosa, Piazzolla

El taller servía también de refugio para todos los que llegaban a París con lo puesto. Recuerdo una anécdota que Seguí me conto un día mientras tomaba su mate ardiente: «Me llama un tipo, un pibe de Córdoba. Su padre lo había mandado al exilio a Bélgica. Me dice que va a venir a París y me pregunta si puedo encontrarle un lugar para dormir… Le digo que me llame cuando llegue para arreglarnos. Y ahí dice: ‘En realidad, le estoy llamando desde el teléfono público, en la esquina.’ Bueno, ¡vení!»

«Todo el mundo pasaba por el taller de Antonio. No solo argentinos. Toda la cultura latinoamericana. Casi se convirtió en una peregrinación», agrega Clelia Taricco. Entre otros: Pablo Neruda, Miguel Asturias, Alejo Carpentier, Mercedes Sosa, Atahualpa Yupanqui, Astor Piazzolla… Visitantes frecuentes u ocasionales, al ritmo de los vaivenes políticos en sus países. No era raro que ex exiliados volvieran a París, y a lo de Seguí, como embajadores o agregados culturales.

En 2010, en México, me encontré de casualidad con un libro de Mario Benedetti ilustrado por Antonio: Historias de París. Es una recopilación de relatos que narra las historias de latinoamericanos que vivían en París en los años 60. Hay exiliados que intentan recordar detalles de su ciudad natal, parejas que no logran reconstituirse por los traumas sufridos, amores que se deshilachan… Historias poco alegres que contrastan con el buen humor de nuestro héroe. Aunque había partido antes de que llegara la dictadura, Seguí la tuvo cerca. El departamento que ocupaba cerca de la plaza de la Bastilla fue ametrallado. Una bala le rozó literalmente la cabeza, causándole veinte puntos de sutura. «Cuando un ministro importante de la Junta llegaba a Francia, venían a buscarme para llevarme al Ministerio del Interior. Me trataban bien, la comida era buena, pero me tenían dos o tres días encerrado en una habitación», relata en una conversación con Iván Schuliaquer editada por Capital Intelectual en 2009.

París, refugio de los latinoamericanos

Un aparte. Pocas veces se repara en la importancia de los lazos entre la literatura latinoamericana del siglo pasado y París. Al fin y al cabo, la mayoría de las obras del «boom» se idearon en la Ciudad Luz. El exilio suscitó una pregunta sobre la propia identidad. Gabo, Cortázar o Vargas Llosa redescubrieron y repensaron su América Latina desde París. Allá tenían sus lugares, sus citas, sus costumbres. Aunque, que yo recuerde, no aparezca en sus obras, el taller de Seguí era parte de ese nuevo mapa. ¿Fantaseó él también con América Latina desde Arcueil? «Nunca tuvo nostalgia del país. Nunca estuvo en París pensando que debería haber estado en Argentina. Estaba realmente presente», precisa Clelia Taricco. Muy distinto a un Cortázar que sentía que la vida en París se hacía al precio de la no-vida en Buenos Aires, y viceversa.

A principios de los años 60, Seguí experimentó la vida porteña. No prosperó: «Prefiero ser un latinoamericano en París que un cordobés en Buenos Aires.» Nunca perdió el acento arrastrado de su provincia y le gustaba contar que había rearmado una pequeña Córdoba en Arcueil. «Antes de ser argentino, era cordobés. La historia de las tensas relaciones entre Córdoba y Buenos Aires es muy larga. Pero él nunca tuvo problemas con la gente. Lo paraban en la calle para charlar. Volvía seguido a Buenos Aires. Se había convertido en el lugar de los amigos», pondera Clelia Taricco. Dicho esto, los intercambios que tuvo con la comunidad latinoamericana cuando fue a aprender su oficio en París, entre 1953 y 1955, quizás le despertaron las ganas de ir a probar suerte allá.

En 1957, su primera exposición en Córdoba es cancelada: demasiado escandalosa. Sale de Argentina en jeep con la idea de llegar hasta México. Un viaje que no puede sino evocar otro: el del Che, a quien Seguí había cruzado en Córdoba de chico. Un encuentro que recordaba así: «Él era mayor que yo y se movía en el medio de la gran burguesía cordobesa. Era un personaje muy simpático. Era famoso porque no se bañaba nunca, por eso los amigos le decian ‘el chanchón’. Fue la primera persona a la que vi usar blue jeans. Me acuerdo exactamente el lugar donde lo crucé. ‘Chau pibe’, me dijo.»

Aunque no compartía la pasión revolucionaria de su compatriota, la política le importaba. «En mi vida tuve dos grandes esperanzas: Frondizi en 1957 y Alfonsín en 1983», le confiaba a Iván Schuliaquer, antes de evocar un almuerzo parisino con otro exiliado, Juan Domingo Perón: «Almorzamos él y yo frente a frente y me quedé dos horas escuchándolo. Cerrar los ojos y oírlo hablar era como volver a la niñez. Era muy divertido eso.»

Dibujar como un niño

La infancia era esencial para Seguí. «Nunca perdió la conexión con el niño que había sido. Miraba la vida con una mirada llena de curiosidad, de sorpresa», detalla Clelia Taricco. «Su gran frase era ‘cuando sea grande’. La decía a los 80 pirulos», confirma May Seguí. Esta eterna juventud se cuela en toda su obra, especialmente con sus famosos hombres con sombrero. «Cuando era chico, no se salía a la calle sin el sombrero, ni para ir a la cancha», decía Seguí. «Es como si hubiera seguido pintando el mundo de su infancia», dice Clelia. «Sus padres eran mayoristas, así que tenía acceso a un montón de cosas que aparecen en sus obras: los juguetes de madera, la influencia de la historieta, especialmente la revista Billiken«, agrega May. Antonio Seguí quedó atónito cuando le reprocharon privilegiar a los hombrecitos en detrimento de las mujeres: «Cuando era chico, la mujer salía poco.» El artista no vive al margen de su época. «Con La Mujer Urbana (una gigantesca escultura urbana inaugurada en Córdoba en 1999, N. del A.), representa a una mujer que cruza el umbral de una puerta. Atrás, está oscuro. Adelante, es más claro. Para él, era el momento en que la mujer retomaba las riendas de su vida», señala Clelia Taricco.

Durante algunos años, Antonio Seguí dio clases de dibujo en las Bellas Artes de París. «Algunos colegas quisieron eliminar el dibujo de la enseñanza argumentando que perjudicaba la creación. No lo entendí y me fui. El dibujo es para mí el punto de partida y la clave de todo. Sin dibujo no hay nada», contaba. «Su mayor ambición era dibujar como un niño», insiste su compañera. Sus hombrecitos, perdidos en medio de la gran ciudad, dicen algo de nuestras vidas contemporáneas. La soledad del hombre moderno. La tiranía del métro-boulot-dodo. «Habla de la alienación del hombre. Sin denunciar, solo observando», cuenta Clelia. Antonio amaba sentarse en la terraza de un café y mirar pasar a la gente. Iba juntando detalles, situaciones. Lo que veía reaparecía en sus obras con un humor y una ironía que sin duda lo ayudaron a sobrellevar el arduo oficio de vivir. «El humor es muy de Córdoba», sonríe May Seguí, que eligió vivir allí. A veces, el artista se anticipaba a la actualidad. «Unos meses antes del 11 de septiembre, hizo cuadros donde se veían los aviones y las Torres Gemelas. Era para una exposición en Nueva York», revela May.

En sus obras, pero también en la vida, no era raro que un rasgo de genialidad de Antonio resquebrajara el velo pegajoso de la Realidad. Como aquella vez, en medio de su periplo latinoamericano, cuando le apareció un doloroso forúnculo en una nalga. «Un médico lo operó y encontró uñas, pelos, vellos. Eran las células de su gemelo siamés que se desarrollaban más de cuarenta años después de su nacimiento», recuerda Camille Moulonguet. ¿Cosa de locos o realismo mágico?

Regreso a Córdoba

En sus últimos años, Seguí volvía varias veces al año a Córdoba. Era el único lugar donde se permitía descansar. «No paraba de ir y venir. Necesitaba las charlas, el aire de Córdoba», dice Clelia Taricco. Sin embargo, no todo fue sencillo con su ciudad natal. Uno piensa en ese proyecto de museo de arte contemporáneo — la restauración del Castillo Carreras — en el que invirtió enorme tiempo y energía, y del que terminó retirándose, harto de los celos y la mezquindad de la gente. Aun así, hoy los habitantes de Córdoba conviven con su gigantesca familia urbana. «Estas obras forman parte del cotidiano. La Mujer Urbana, sobre todo, se convirtió en un marcador geográfico cuando uno circula por la ciudad», asegura Clelia Taricco. En su última visita a Córdoba, Seguí fue a la cancha a ver el clásico del fútbol local: Talleres vs. Belgrano. «Siempre fue de Belgrano, pero recibió las camisetas de los dos clubes con el número 10. Una con Antonio, la otra con Seguí», cuenta Clelia. Todo el estadio lo ovacionó. «Estaba contentísimo. Parecía un niño. Es el único que supo reconciliar a los dos archi-rivales», recuerda May Seguí. «Arregló su historia con Córdoba antes de irse», dice Carlos Abboud.

«La vida tiene el mejor gancho de izquierda que jamás vi, aunque hay quienes dicen que era Charlie White de Chicago», escribió alguna vez Ernest Hemingway. La vida golpeó varias veces. Seguí sufrió espectaculares accidentes. «Cuando lo conocí, cojeaba después de caerse de un techo», rememora Carlos Abboud. En 1971, el techo del Museo de la Ciudad de París, que iba a albergar la primera retrospectiva de su obra, se derrumbó pocas horas antes de la inauguración. Todas sus obras quedaron destruidas mientras él almorzaba en el restaurante de al lado. Enfrentó dramas personales con una dignidad admirable. «Nunca se quejó de ningún dolor físico o psicológico, ni del frío ni del calor», confirma May Seguí. «Fumaba como un cosaco. Era parte integral de su personalidad. Cuando los médicos se lo pidieron, lo cortó de golpe, sin quejarse, ni siquiera mencionarlo», agrega Carlos Abboud. Seguí se conocía mejor que nadie. «Nunca se psicoanalizó pero tenía una lucidez, como si hubiera trabajado mucho sobre sí mismo», confiesa Carlos. «Era discreto, no se tomaba en serio, no giraba todo el tiempo alrededor de sí mismo», resume Clelia Taricco.

El 26 de febrero de 2022 en Buenos Aires, Seguí se escapó hacia la eternidad o la nada. Caída. Operación. Paro cardíaco. Tenía 88 años. Descansa en el cementerio de Arcueil, a pasos de su taller. Los que lo conocieron siguen hablando de él en presente. Esa es la diferencia entre los que se van y los que no. Una cosa más: Montherlant decía que los jóvenes no necesitan maestros de pensamiento, sino maestros de conducta. Seguí lo era. Inolvidable.

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