«El arte urbano es efímero; es un ejercicio de desapego increíble: lucha contra la corrosión, el vandalismo, el gobierno, la luz…»
Mi encuentro con San Telmo es uno personal, tengo una conexión con la gente de acá y con estas calles que he transitado los últimos cuatro años. Han pasado muchas cosas y he conocido a muchas personas.
Me siento parte de una comunidad que sigue expandiéndose constantemente: así será la vida. Aquí están los llegados de otros países, de otros lugares de la Argentina y los que son nacidos y criados aquí, personajes de su rubro, a ellos los veo a menudo, a otros los veo de vez en cuando, y a otros no los vi nunca más, como el señor que paraba en la esquina de Giuffra y Defensa.

San Telmo tiene muchas fachadas antiguas, uno no sabe lo que puede haber detrás de una hasta que te abren esa puerta, o logras ver por la ranura de su privacidad. Hay una fachada, en Estados Unidos, que alberga el taller de Pepe Simón: artista plástico, coleccionista de antigüedades y vejeces. Nunca me imaginé que un taller así aguardaba detrás de esa fachada, y menos aún, que aquel hombre era amigo de Mario Abad.
Aquí es donde yo introduzco a mi personaje, a mi correspondencia, a un humano con que tope por causalidad; ha sido un viaje y uno bien bonito. Una noche volviendo de la facultad, había un hombre pintando un mural de Luca Prodan en Estados Unidos. Me acerqué a preguntarle si conocía el paradero de dos persianas metálicas que habían sido retiradas, pertenecientes a un edificio de la familia Roca, en la calle Bolívar. En una estaba pintado The Notorious B.I.G y en la otra Tupac Shakur.


Este hombre resultó ser Mario Abad, el muralista y grafitero que pintó ambos retratos icónicos, junto a muchos más en todo San Telmo. Debajo de estas persianas pasamos muchas noches con amigos, justo en ese escalón bien ancho. Luego comenzó la restauración del local y ranchábamos debajo de los andamios. Cuando terminaron los arreglos, volvimos al escalón, y aquí el envase de birra pasaba de mano en mano; el clarinete de Nelson y la guitarra de Francesco, las bromas de Morris y muchos otros acontecimientos que acompañaron nuestra noche durante estos años.
Este lugar es un punto de encuentro entre jóvenes y adultos, por los bares y la parrilla. Esas dos persianas metálicas con aquellos retratos ya no existen, y su paradero es desconocido.
Aquí me encontraba yo, hablando con el pintor, el grafitero, la persona que había pintado ambas persianas legendarias. Pronto aprendería que el trabajo de Mario estaba por todo San Telmo. ¿Cuáles son los otros murales? ¿Cuál es su historia y cómo llegó a pintar tantas fachadas en San Telmo?

No esperaba encontrarme con la respuesta a mi pregunta aquella noche, y menos con la persona que los había pintado. Esa semana, Mario comenzó un mural de Juan Manuel Fangio en San Telmo. Había algo en él y en su trabajo que yo quería conocer; «voy a seguir su trabajo», me dije. Los días que siguieron fueron un ping-pong de mensajes para encontrarnos mientras pintaba el Fangio. Así fuimos encontrándonos en la calle, un día a la vez, compartiendo de nuestras vidas, “hago arte figurativo y realismo, más realismo” dijo Mario. Destaca Juan Manuel Fangio, David Bowie, Charly García y El Eternauta por nombrar algunos de sus grafitis.

Cuando estás con él mientras pinta un mural la gente lo reconoce y lo llama Causi; jerga peruana, que viene de “causa” que significa amigo. La gente del barrio le gritan desde lejos, lo felicitan, “me encontré con un amigo y me dijo que estaba haciendo historia, bueno, a ver qué pasa” le respondió Mario. Le tiran bromas, le preguntan dónde va a estar después y si va a pasar por la “parri”. Una noche, pasó alguien en moto y le tiró la talla: «te voy a pintar un consolador flácido en el culo». Los dos nos reímos y Mario le grito algo de vuelta que no recuerdo. Él es el muralista y causa de San Telmo, la gente lo reconoce como tal.
No estuve con él todos los días cuando pintaba el Fangio; me di cuenta de que no es fácil seguirle el ritmo, trabajando en distintos lugares de la ciudad y muchas veces de noche. Hubo días en que pasaba por el mural y notaba que había avanzado un poco.

Mario comenzó dibujando desde chico, explorando técnicas y materiales; esto dio vuelta en la pintura, en el óleo y también más recientemente en la escultura. Comparte taller con Pepe Simón; aquí pinta y tiene parte de sus lienzos. Entonces entendí que la calle y el «street art» no era lo único que lo apasionaba.
Al salir del colegio en Perú, estudió un tiempo las Bellas Artes, disciplina que marca presencia en su conexión con el entorno y su obra. Posterior comenzó a pintar las calles. Se reconoce una trayectoria, no fue directo a la calle, sino fue algo gradual. Tener aquella curiosidad de meterte en lugares escondidos, esos rincones urbanos que llaman a los grafiteros y skaters es una curiosidad que forma un carácter e identidad única, es algo que se explora con el tiempo y termina siendo una forma de vida.

Una noche, después de dejar dos cajas grandes de aerosoles y una escalera en el taller, nos fuimos a la parrilla en el mercado de San Telmo. Nos recibió Valentina. Este es un lugar que Mario suele frecuentar; había poca gente esa noche y, con Mario comimos algo.

En nuestra charla mientras comíamos, me dijo que no se moriría sin haberle dejado algo a San Telmo, a su gente y calles: “yo soy de San Telmo… quiero dejar algo para San Telmo», lugar que fue su refugio para el al llegar de Perú; «es un barrio que me acogió».
Aquí me di cuenta de que sus murales eran parte de este proyecto, proyecto que, a veces, también generaba un ingreso económico para él. La claridad en sus palabras me decía que San Telmo es un hogar para él. Una claridad que solo se obtiene con mucho esfuerzo, su amigo Pepe Simón dijo que “le costó mucho, y puta que le costó, pero por algo y para algo esta acá”.
«San Telmo acepto tu arte» — Pepe Simón le dice a Mario

En el año 2016, Mario regresó a la Argentina, previamente había pasado un año en Uruguay como un tipo de retiro: «estaba cansado de la ciudad, me tomé un barco en pleno invierno a Uruguay con la maleta llena de óleos, pinceles, lienzos y me encerré en una cabaña a pintar; lo único que hice fue pintar y hacer esculturas». Regresó con fuerza y la determinación de pintar a un alto nivel: «yo nací para pintar, yo voy a hacer esto hasta los últimos días… voy a pintar y pintar 12hrs, de forma dionisiaca me quiero quemar en vida”. Conectó con marcas como Nike y Adidas.
Poder vivir del arte, sea cual sea, no es fácil, “hay gente que te tira de la buena, y la mala”. Hay veces que los inconvenientes con la policía pasan, y es porque los dueños de las fachadas reclaman que le vandalizan la fachada, le llega el plomo a Mario, pero en realidad se quejan porque desconocidos vandaliza el trabajo de Mario. Su forma de dialogar con el mundo y la impronta que ha dejado en el barrio le ha abierto las puertas para pintar fachadas que para otros simplemente no sería posible.

«El respeto te abre muchas puertas y ser agradecido te las mantiene abiertas»
Estoy tratando de escribir lo que veo cuando pinta: cómo trabaja la presión de su dedo sobre el CAP del aerosol, el movimiento de todo un brazo, del hombro al codo, de la muñeca hasta el dedo.
Hay algo en Mario Abad, y en todo artista, que no entra en el mundo de las palabras y que explota cualquier intento de significarlo. Lo que sí puedo decir es que el arte de Mario vuelve a lo sensible en una época en la que la interacción cotidiana con texturas digitales predomina, destacando una apreciación de los sentidos básicos que tenemos como humanos, de habitar espacios y crear comunidad junto a la gente que los habita. Eso, también, es parte de su arte.




