Abrazo espacial con amigos del futuro. La noche del 20 de julio de 1969, mientras el mundo contemplaba absorto a Neil Armstrong pisando el suelo lunar, Enrique Ernesto Febbraro observaba la transmisión desde su casa en Lomas de Zamora, allá por el sur periurbano del gran Buenos Aires. Para este hombre, lo que estaba presenciando trascendía la hazaña: representaba un acto de fraternidad universal.
Un odontólogo en pantuflas, con mujer, hijos y quizás con alguna leña en llamas dentro de su chimenea, es atravesado por un relámpago de genialidad. Con esta escena perfecta de banalidad empieza el relato de un mito. El que cuenta que un argentino bien intencionado quiso patentar la amistad. «Viví el alunizaje del módulo como un gesto de amistad de la humanidad hacia el universo y al mismo tiempo me dije que un pueblo de amigos sería una nación imbatible. ¡Ya está, el 20 de julio es el día elegido!», escribiría después en las mil cartas que, con una determinación obsesiva, redactó y envió a cien países en siete idiomas diferentes.
¿Módulo? Esta palabra parece sacada del diccionario de los cazadores de OVNI de Capilla del Monte. Si con esta gesta, Febbraro quiso hermanar a los pueblos del planeta tierra. ¿Por qué no ir un poco más allá? Algunos interpretaron en su gesto el punto de partida de un diálogo con seres extraterrestres. Recordemos que El Eternauta y toda la ciencia ficción de los años 1950 habían sembrado semillas de creatividad.
Nacido en el barrio porteño de San Cristóbal el 7 de julio de 1924, Febbraro era un hombre de intereses eclécticos. Doctor en odontología, profesor de psicología y filosofía, músico, locutor radial. De su figura emanaba una curiosa mezcla de erudición y romanticismo. ¿Pero quién se escondía detrás de este rostro, «mezcla entre Jorge Luis Borges y Marcello Mastroianni», como lo definió muy acertadamente el diario Clarín. «Era un distinto, recuerda el músico Rafael Nicolao, 74 años, que conoció al doctor Febbraro en su intimidad. Yo era el más joven de la comisión que fundó para apoyar la creación del Día del amigo. Lo veía como una persona inspiradora, un personaje de esos que hoy día ya no existen. Un intelectual, pero de barrio, que andaba saludando a todos, hablando de filosofía o de fútbol. Febbraro era un gran fanático de Gardel. Tenía once años cuando murió el cantante, se acordaba y en cada aniversario, el doctor lloraba».
Su filosofía en cuanto a la amistad se resume en un puñado de aserciones idealistas y benevolentes, propios de una era donde no todo era puro marketing: «El amigo es una persona real, que ronca, que tiene mal carácter y que uno lo aguanta porque lo conoce. El amigo es otro cuero. La amistad es una cuestión teórica«. Otra: «Cuando llueve comparto mi paraguas, si no tengo paraguas, comparto la lluvia».
Según Rafael, Febbraro ensayó el lanzamiento de su gran celebración en numerosas juntadas festivas y culturales. En particular las que ocurrían en la casa de la casa de Nelly Nistal, donde el joven amigo estaba invitado a tocar y cantar. La idea de crear un día dedicado a la amistad habría germinado incluso antes de esas fiestas de Nueva Pompeya. Habría sido cuando Febbraro intervenía como locutor en Radio Splendid, conduciendo un programa de música clásica. «Era una cantidad enorme de fechas patrióticas, militares, políticas, pero no había ninguna virtud que se festejara», explicó en una entrevista al diario La Voz del Interior en 2006. Febbraro buscaba una manera de retribuir la generosidad de sus oyentes y consideraba que, entre tantas celebraciones, faltaba una que homenajeara a los amigos.Su cruzada no se limitó al envío de cartas. Visitó organismos nacionales, entidades gubernamentales, municipios, espacios religiosos y conversó con políticos, insistiendo en que su propuesta era «una celebración ética, sana, sin ánimos de lucro».
«Era una personalidad multifacética. Tenía una visión del universo que lo volvía muy interesante… Pero había que entenderlo», resume Marta Rodríguez, 69 años, hija de Pinino Rodríguez, vecino de Lomas de Zamora y dueño de una modesta gráfica donde el doctor imprimía todos sus panfletos, libros y otras cartas. Si bien el Día del amigo fue inventado en Lomas de Zamora, muchos de las «ideas delirantes» de Febbraro, tales como las define Marta, florecieron en San Cristóbal, el barrio de nacimiento del odontólogo, a donde se mudó cuando se separó de Ángela, la madre de sus dos hijos (Sergio y Gabriel).
El llamado pos-alunizaje causó cierto revuelo pues Febbraro recibió 700 respuestas de apoyo. En 1972, registró la propiedad intelectual de su invención y la donó al Rotary Club, organización de la que era miembro muy activo. Los que lo conocían susurran también su pertenencia a la masonería. Pero ahí surge una pregunta clave, que atraviesa su biografía es la siguiente: ¿Qué parte de verdad y qué parte de chamuyo hay en el recorrido enigmático de este personaje que parecía ser una personificación de la bondad (hasta el punto de iniciar una carrera eclesiástica)? ¿Quién inventó realmente el Día del amigo? Resulta que diez años antes de Febbraro, otro profesional de la salud, también sudamericano, el doctor Ramón Artemio Bracho, había inventado la Cruzada Mundial de la Amistad y con ella el Día de la amistad (y no del amigo) en el Paraguay. «En un punto él hacía todo eso porque le gustaba que lo miren. Quería ser conocido y que lo reconozcan. Eso de Paraguay era un problema», enuncia Susana Beatriz Buhrer, miembro del Rotary que recuperó parte de los archivos fotográficos de Febbraro. Más allá de la crítica, los recuerdos que tiene Susana de su camarada de la rueda son positivos.
Las sombras de la duda no llegaron a oscurecer la brillantez del proyecto, que finalmente tuvo su reconocimiento oficial. Llegó el 20 de febrero de 1979, cuando la provincia de Buenos Aires promulgó el decreto 235 que establecía «la celebración del Día Internacional del Amigo a realizarse el día 20 de julio de cada año». Cuatro años después, Lomas de Zamora fue declarada «Capital Provincial de la Amistad».
La prensa local sostiene que Febbraro habría sido nominado dos veces al Premio Nobel de la Paz. No pudimos verificar este rumor urbano con la organización suiza, y nadie de su entorno estuvo en condición de brindarnos prueba alguna. Lo que sí es comprobable: Febbraro fue condecorado como Ciudadano Ilustre en varias ciudades y declarado «Mayor Notable Argentino» por la Cámara de Diputados de la Nación en 2003, Febbraro falleció el 4 de noviembre de 2008, a los 84 años, dejando un legado que trasciende fronteras cada 20 de julio, cuando millones de personas celebran la fecha.
Tanto esfuerzo no le trajo ninguna relevancia pública a Febbraro. Fue uno de esos personajes muy activos socialmente, pero igualmente condenados al olvido, por pertenecer a una época analógica y sus archivos desaparecen a medida que la gente se va mudando o que las inundaciones provocan infiltraciones en los PH de Buenos Aires.
Otras infiltraciones, pero del orden de lo sobrenatural, se hicieron notar en un departamento donde vivió Febbraro en su barrio natal. «Me acuerdo perfectamente del lugar, era en Carlos Calvo al 2000. Un amigo, el Pollo, se instaló ahí y estuvo en contacto con el hijo de Febbraro, cuenta Horacio Eusebi. Había un montón de cuadros, fotos, premios y documentos. Ahí nos enteramos de la historia del hombre que inventó el Día del Amigo. Re fuerte, porque esta celebración siempre fue importante para mí y mis amigos. Íbamos mucho a ese departamento para ensayar… Una noche escuché un ruido arriba y pregunté. ¿Qué será? Me dijeron que era el viejo Enrique y que siempre se le servía un vaso de lo que tomábamos en la mesa.» Hayas existido o no, seas o no el verdadero inventor del Día del Amigo: Febbraro, siempre estás invitado para un brindis.


