El viernes 26 de junio a las 20hs estrena en Páramo Cultural «Las siete vidas del gato» dirigida por Julián Giménez Zapiola. Estará en cartelera todos los viernes a las 20hs hasta agosto.
La historia parte de una situación límite: un grupo de amigos recibe el mensaje de uno de ellos que acaba de tomar la decisión de suicidarse. A partir de ese llamado urgente, los otros dos llegan lo más rápido posible para intentar rescatarlo. Desde ese episodio, la obra abre una reflexión sobre la amistad, los vínculos, la depresión, los silencios y las formas en que una generación intenta (o no) hablar de aquello que duele.
Julián Giménez Zapiola tiene 28 años. Se formó en teatro en Andamio 90, Timbre 4 y actualmente entrena con Julieta Abriola. Trabajó como asistente de dirección en La savia, de Ignacio Sánchez Mestre, y en Turba, dirigida por Alejandra Flechner. Actualmente se desempeña como asistente en Menos detalles, de Gustavo Tarrío, y en Reversible, de Mercedes Torre, dirigida por Juan Andrés Romanazzi.
Buenos Aires Connect: ¿Cómo nació la idea de contar esta historia?
Julián Giménez Zapiola: «Las siete vidas del gato» surge de un hecho real, de una experiencia personal. Mi mejor amigo hoy está vivo, está bien, pero hace unos años nos mandó un mensaje de WhatsApp a mí y a otro amigo. Somos un grupo de tres. Yo estaba volviendo del trabajo y el otro estaba cerca. Cuando leímos el mensaje fue una urgencia absoluta: entender si era un chiste, qué estaba pasando y cómo llegar lo más rápido posible.
Llegó primero mi otro amigo y después llegué yo. La situación transcurrió en un pasillo, con una puerta de baño de por medio y él del otro lado. Estuvimos toda la noche atentos hasta que finalmente salió, y esa noche no pasó nada. La obra nace de ese episodio, aunque después abre otros temas: la amistad, la depresión, el silencio alrededor del suicidio y la dificultad de hablar de todo eso.
BAC: ¿Qué te interesaba explorar detrás de ese hecho?
J. G. Z.: Al principio me interesaba explorar lo que no se dice. La depresión, los ataques de pánico, la ansiedad, el suicidio: son cosas de las que no se habla tanto, aunque todos tenemos cierta cercanía con algo de eso. Hoy hay más casos, o más conciencia, pero sigue siendo difícil ponerlo en palabras.
En mi familia también hubo una historia de suicidio. Una tía abuela, que era la madrina de mi mamá, se quitó la vida cuando yo era chico. Durante mucho tiempo supe que existía ese antecedente pero sin terminar de entender quién era ella realmente. Eso me hizo pensar en cómo, antes, estas cosas se ocultaban sin más.
Pero cuando empecé a escribir y a montar la obra, apareció otra cosa: la amistad. Un tutor con el que trabajé el texto, Francisco Graci, me decía que parecía más una obra sobre eso. Al principio me chocaba, porque yo quería hablar de la depresión. Con el tiempo entendí que tenía razón: la amistad es también lo que nos salva. Fue lo que salvó a mi mejor amigo.
BAC: Venís de trabajar como asistente de dirección con distintos referentes de la escena independiente. ¿Qué aprendizajes llevaste a este proyecto?
J. G. Z.: Todos, en el fondo. Mi mayor aprendizaje de los últimos años viene de esas asistencias y de la gente increíblemente talentosa con la que tuve la suerte de trabajar. Lo que más me llevé es la forma de armar equipo: si el equipo está bien, si está contento y va para adelante, todo fluye. Para mí eso es lo más necesario para que un proyecto salga.
Por supuesto que también está la visión artística, la puesta, las luces, la forma de pensar la escena. Pero lo que más les tomo a esos directores y directoras es la convicción de que los mecanismos del teatro no hace falta esconderlos. El público ya sabe que va a ver teatro. Esta obra es bastante realista, pero no quería que fuera una película puesta en escena: quería encontrar su propio lenguaje teatral.
Las siete vidas del gato: una obra de teatro entre la intimidad y la urgencia
BAC: ¿Qué decisiones estéticas tomaste para acompañar una historia tan íntima?
J. G. Z.: Al principio buscaba una caja negra, un espacio chico, casi vacío: el ser humano y una puerta. Después cambiamos de espacio y llegamos a Páramo Cultural, que no es una sala enorme, pero tampoco es tan chica. Eso nos obligó a reinventarnos y aprovechar lo que teníamos.
«Las siete vidas del gato» sigue siendo íntima y de cercanía con el público. La puerta, por ejemplo, gira y se transforma en varias cosas. Las luces tienen un lugar muy importante: van dibujando las siluetas de los actores, sus caras, sus estados. Toda la experiencia está muy apoyada en lo que trae el actor y en cómo el público puede estar cerca de eso.
Hay momentos oníricos, momentos donde se rompe la cuarta pared y los personajes le hablan directamente al público. La música es vital. Trabajé con Ale Ruiz Díaz, un amigo músico, y partimos de influencias de Nine Inch Nails, una banda que trabaja la depresión desde un lugar pesado. Queríamos llevar algo de esa densidad a la obra: hay escenas donde los ataques de pánico se representan a través de la luz, el estrobo, una música más metalera y los cuerpos rompiéndose en escena. Pero la mayor parte se sostiene en una escena real, con actores sosteniendo lo que les pasa.
BAC: Los protagonistas son amigos jóvenes. ¿Creés que la obra habla de una forma particular de vincularse de tu generación?
J. G. Z.: Sí. La escribo yo, que soy joven, y la escribí desde mis experiencias, entonces inevitablemente habla de la comunicación de mi generación. Hay algo de las enfermedades mentales que aparecen hoy con mucha fuerza y que tienen relación con las redes sociales, con estar cada vez más adentro y menos afuera. A mí me entristece ver canchas de fútbol 5 vacías un viernes a la noche, plazas vacías. Yo crecí jugando a la pelota en la calle, saliendo, encontrándome con otros. Hoy hay algo de eso que se fue perdiendo.

La obra no habla de eso de manera directa, pero sí aparece. Es autorreferencial en el sentido de que parte de mis vínculos, de mi experiencia y de mi forma de ver cómo nos comunicamos.
Julián Giménez Zapiola y su apuesta por el teatro independiente en Buenos Aires
BAC: Buenos Aires es una de las capitales teatrales de la región. ¿Cómo ves esa escena desde adentro?
J. G. Z.: La vivo con pasión y me encanta. Siempre digo que Argentina, si no es uno de los mejores lugares del mundo para hacer teatro, le falta poco. Tenemos un teatro independiente increíble.
Tuve la suerte de estar en Londres y ver teatro allá, tanto musical comercial como versiones de Shakespeare. Había cosas increíbles, pero volví acá, vi obras y pensé: no tenemos nada que envidiarles. Trato de ir mucho al teatro, a ver amigos, conocidos, compañeros, pero también a buscar cosas que me interesan como espectador. Me encanta ser parte de ese mundo.
BAC: ¿Qué significa tener una obra propia en la ciudad hoy?
J. G. Z.: Significa un montón. Vengo de una familia de artistas, me rodeé toda mi vida de artistas y nací, de algún modo, en un teatro. Eso tuvo cosas muy hermosas y también miedos, como preguntarme si yo realmente podía hacer esto.
Entonces, tener una obra, salga bien o mal, es una forma de decir: soy artista, puedo hacer esto. Ya actué, asistí, hice cortos, pero acá siento que logro culminar algo de ese deseo.
Al mismo tiempo, es un camino exigente. Los tiempos los ponemos nosotros y los acomodamos como podemos: a la vida, a la economía, a los teatros, a las disponibilidades. Hasta que no aparece un subsidio, mucha gente o una temporada que funcione, todo es gasto. Y Buenos Aires tiene muchísima oferta teatral: hay que lograr que la gente elija tu obra entre muchas otras.
BAC: ¿Qué tiene Páramo Cultural que les resulta atractivo para estrenar ahí?
J. G. Z.: Primero, la gente. Los conozco hace un par de años, trabajé con ellos y son una familia. Es un lugar donde realmente se respira arte: tiene un teatro arriba, una sala de música abajo, hacen festivales abiertos. Nos tratan como pares, no sentimos que nos estén pidiendo solamente números de público. Eso para mí es clave.
Además, me gusta mucho Boedo para hacer teatro. Hay una comunidad artística fuerte alrededor, la sala está muy bien equipada y cuando uno se siente bien en un lugar, todo avanza mejor.
BAC: Si tuvieras que invitar a alguien que nunca va al teatro, ¿por qué debería acercarse a ver esta obra?
J. G. Z.: Porque se va a sentir cerca de la historia. Escribí «Las siete vidas del gato» desde un lugar muy personal, pero también muy social. No me fui a algo lejano o extraño: busqué algo reconocible. El público se va a sentar a ver a un grupo de amigos. Va a haber momentos donde se va a reír, momentos donde va a querer irse y momentos donde va a llorar. En un mundo donde muchas cosas se sienten lejanas, sentirse cerca de algo me parece muy valioso.
BAC: ¿Qué proyectos tenés después de este estreno?
J. G. Z.: Ahora estoy con mis trabajos como asistente y actuando en una obra de Tomás de Lázar. Después del estreno, quiero sentarme a escribir una comedia romántica que tengo en la cabeza. El grupo que se formó en este proyecto es muy especial, así que me gustaría seguir trabajando con ellos.


