Los encuentros de L’Arbre à Palabres se realizan cada quince días en distintos bares de la capital argentina. Esta actividad a la gorra contribuye a financiar la Fundación de Ayuda Mutua de los Franceses en la Argentina (FEFA). Ofrece a decenas de apasionados por Francia un espacio para disfrutar el idioma, con un cafecito de por medio y sin presiones ni exámenes.
Desde la calle empedrada, se escucha el bavardage del café. Adentro, al fondo, hay un piano, sobre el cual se exhiben libros ordenados en hileras prolijas. Encima de las estanterías, en letras espesas: la leyenda «Je suis Lacan» y la mirada inquisitiva del psicoanalista, que sigue a los recién llegados durante toda su estadía. En lo alto, encima del mostrador, aparece la torre Eiffel proyectada en una pantalla led.
«Bienvenue à l’arbre à palabres», introduce Pablo Tiscornian, que nació en Argentina, se crió en Francia, para finalmente volvió a su país de nacimiento. Me cuenta que empezó a organizar los encuentros de L’Arbre à palabres hace un par de años, basándose en su experiencia como profesor de francés. Estos encuentros distendidos proponen practicar el idioma sin presiones para que el francés «se convierta en un vector de encuentro, reflexión y vínculo social». Casi todas las mesas están ocupadas. Me apuro para pedir un café con budín y me hago un lugar en el medio de Nora, Patricia y Graciela, tres mujeres que enseguida me interpelan en francés. Nos sentimos unidas, inexplicablemente, por el idioma. El francés parece ser un hobbie para estos porteños apasionados por la literatura, música, cine y gastronomía de ese lejano país. Para algunos, la historia familiar o el trabajo dan un motivo adicional. ¿Qué tan seguido leés en francés vos? Des fois, parfois, quelques fois, de temps en temps…
¿Media luna o croissant?
Los trocitos de medialuna-croissant, los alfajores de maicena, los faux amis lingüísticos y los nuevos amigos que componen este grupo quedan suspendidos en el aire ante la historia que acaba de contar Pablo. La expresión Arbre à palabres viene del África francófona y designa el lugar de reunión donde se discute la vida pública, se escucha a los sabios y se afianzan los vínculos. Acto seguido, Pablo nos invita a presentarnos. Mientras tanto, afuera, algunos transeúntes se detienen, a punto de apoyar la frente en el vidrio, y contemplan nuestra ceremonia gala.
Ha empezado el viaje y no se puede volver.
Luego, llegó el turno de las invitadas especiales: Teresa Teramo, Florencia Agrasar, Graciela Cutuli, tres argentinas de ascendencia francesa, y el francés Pierre Dumas, de Hoja por hoja, flamante nueva maison d’édition, que se ocupa de traducciones de obras que tematizan nuestro país. Presentaron su segundo libro, Argentina, novela que retrata el viaje inverso, de Francia a Argentina, escrito por Dominique Bona y por primera vez traducido al español.
Su protagonista viaja emocionado a nuestro país a principios del siglo XX y recibe un sacudón de realidad: «Estupefacto y contrariado de sus fantasías desde el puente del Massilia descubría la Argentina bajo otros presagios. Se había inventado una Argentina amorosa, cariñosa y sublime, a imagen y semejanza de las aguas del Río de la Plata. Pero no se topa con la tierra que había idealizado: El río (…) resultó ser un lodazal profundo y movil como el oceano pero opaco y amarillo como el barro.»
Después de la presentación, se abre un espacio de debate donde las editoras comentan sobre el ejercicio de la traducción.
Después de algunas lecturas bilingües y un gran aplauso final, Je suis Lacan empezó a vaciarse de a poco, salvo por un hombre que caminaba en sentido opuesto a todos y hacia mí. Me dice que vivió en Nantes, cuando estaba en quatrième, en un castillo cerca del Erdre. Se llama Daniel Borderier. Es francés y artesano de bijoux de 81 años. Entendí al instante su referencia. En Nantes, mi actividad esporádica de correr cada vez más kilómetros se había transformado en una forma de explorar la ciudad. Mi paseo favorito era la ribera del Erdre, donde se leía «Rêver Erdre». Daniel había llegado de forma inesperada. Daniel vivió en el hermoso Château du Tertre, del siglo XIX. La baronne de Say lo había alquilado en la década del 1950, y ahí Daniel vivió con su padre cuando lo trasladaron desde Orléans. Con veinte hectáreas y vista al río, invitaba a sus amigos a jugar, admirados, en el paraíso; también había aprendido allí a observar las estrellas y, por esa razón, tenía hoy en su casa una imagen de una galaxia que quedaba a seis millones de años luz de la Tierra: «Pour se souvenir de l’immensité de l’univers». Al año, se mudaron a otro lado.
Cuando se le pregunta si tiene nostalgia, explica que cuando uno es chico vive la vida a fondo y sin hacer demasiadas preguntas.»No decidía por sí mismo, on n’avait rien à dire«, me comenta. Más adelante, la vida le tendría reservadas aventuras en barco y por distintos países latinoamericanos, mucho bourlinguer, hasta que el amor lo llevó a instalarse en la Argentina en los 1980. La conversación sigue y de repente no puedo evitar preguntarle a Daniel por su pulsera. Lleva un pedazo de plástico de color naranja, igualito a esas que estaban de moda en Argentina cuando era adolescente, llamadas Power Balance. Me moría por tener ese accesorio que, según la propaganda, te proporcionaba equilibrio, energía y claridad mental, pero nunca me compraron una con la excusa de que se trataba de una estafa. Daniel me explica que la suya pertenecía a la ONG de una líder espiritual hindú a la que admiraba. La pulsera no prometía nada, pero Daniel no dejó de sonreír mientras hablaba. Quizás la diferencia no la haga estar en Argentina o en Francia, sino encontrar con quién conversar.
7 consejos para aprender francés:
- Disfrutar el viaje lingüístico: no pensar solo en avanzar al siguiente nivel.
- Animarse a conversar y encontrar otros para practicar, sin miedo a equivocarse.
- Sumergirse en la francofonía: las diferentes culturas y los diferentes acentos de habla francesa.
- Para hispanohablantes, no perder de vista que a una misma letra le pueden pertenecer varios sonidos ¡Enfocarse en la escucha!
- Detenerse en las palabras y frases y comentarlo con otros: ¿Cuál me sorprende?¿Cuál te gusta?¿Cuál me divierte?
- Asistir a los encuentros quincenales de L’arbre à palabres.
- Googlear o preguntar ante dudas reiteradas. ¿Qué significa esa palabra que escuchó todo el tiempo?¿Es esta la correcta conjugación?


