Inspirado por el sistema de canales de riego de los huarpes, por las ánforas de la antigüedad georgiana. Por la vitivinicultura de su padre y de su abuelo, tanto como por la sed de libertad de los jóvenes porteños, Ernesto Catena lleva casi treinta años cuestionando y nutriéndose de influencias, herencias y tendencias muy diversas. Es la manera que encontró este vitivinicultor argentino fuera de lo común para hacerse un nombre en el mundo del vino. Encuentro con un creador que rechazó la perfección para sorprender a todos.
Apoyado en la barra de madera de su base porteña, en el corazón de Palermo, Ernesto Catena transporta a su interlocutor a 1100 km de distancia. El Valle de Uco es el entorno natural de este mendocino que expresa con gusto ese «gran amor por la tierra» que lo anima. «Es quizás la parte más poética de mi trabajo. Sentir la emoción que emana de la viña y del dominio. Conectar con los Andes, que nos traen el agua a través de las acequias (un histórico sistema de canales de riego de origen huarpe, N. del R.)», relata. El concierto de los pájaros al amanecer, el clima cautivante de ese desierto de altura: todo devuelve a este hombre a la esencia de la Cordillera, a cuyos pies nació.
Capacidad de asombro
La casa donde recibe a La Revue alberga las oficinas de Ernesto Catena Vineyards, es ahí donde se cruzan a diario sus colaboradores, encargados de tender el puente entre los distintos dominios y el consumidor de la capital argentina. Todo bajo la bandera del proyecto que mejor resume la filosofía de Ernesto: Wine is Art.
Pocas semanas antes de nuestro encuentro, este lugar había sido el escenario de la presentación del último Hippie Love, un vino bajo en alcohol destinado a los jóvenes urbanos. Una audacia más en un contexto de contracción de la demanda. «Cuando creo un vino, no busco la perfección. Quiero que sorprenda. La idea es despertar esa capacidad de asombro que encontramos en el arte», explica, mientras juega con la bombilla de su mate. Para sorprender, Ernesto aplica una filosofía estricta: privilegiar la intuición por sobre los cálculos. Sus botellas, todas adornadas con etiquetas coloridas, encierran historias. Estas son más embriagadoras, dice, que una lluvia de estadísticas y puntuaciones de expertos. «Como los seres humanos, explica, la belleza no reside en la perfección matemática de las proporciones. Un ser humano perfectamente proporcionado no es tan bello como aquel que ofrece algo diferente. Eso es lo que busco darles a mis vinos: carácter, personalidad… Ese detalle que los hace únicos.»
Comprometido y a su lado desde 2012, el enólogo Alejandro Kuschnaroff, hoy de 42 años, rememora: «Al principio de mi carrera, en 2008, me incorporé al dominio Escorihuela (también propiedad de la familia Catena, N. del R.). Después, cuando Ernesto me propuso unirme al equipo de su proyecto personal, ¡no lo dudé mucho! Soy curioso por naturaleza. En ese entonces, ya era considerado un vitivinicultor muy creativo, con ideas disruptivas. Muchos de mis colegas enólogos privilegiaron la técnica, los cálculos de acidez, etc., yo me entregué a la locura de Ernesto.»
Imperfección sublime
Una anécdota reciente le viene a la memoria a Kuschnaroff: «Vino a verme y me dijo que había leído algo interesante sobre un vino naranja y que íbamos a producir uno. Acto seguido, viajó a Georgia, trajo ánforas idénticas a las que se usan desde hace 6000 años en esa región. Una vez que la idea está lanzada, es a mí a quien le toca transformarla en un vino.» En los años alrededor de 2010, Ernesto fue uno de los pioneros de la viticultura orgánica, introduciendo los vinos naturales, incluso antes de que el mercado estuviera maduro. «Trabajar con él siempre significó estar en la vanguardia del vino argentino», confirma Kuschnaroff.
Esta búsqueda de la imperfección sublime, todo menos inocente, lleva también su rebeldía al interior del ecosistema familiar. Nacido en Mendoza, su puerto seco identitario, se abrió al mundo para descubrirlo, haciendo el camino inverso al de su abuelo, Nicola Catena. Este último, inmigrante italiano llegado a la Argentina a fines del siglo XIX, se instaló a los pies de los Andes donde plantó, en 1902, su primera parcela de malbec. Su hijo Domingo siguió sus pasos para hacer crecer el dominio familiar, antes de que su propio hijo Nicolás (el padre de Ernesto) exportara el apellido a los cinco continentes, imponiéndose de paso como una figura ineludible del vino argentino al impulsar su ascenso en la escala de calidad.
Primogénito de la cuarta generación de vitivinicultores, Ernesto abraza con orgullo la herencia familiar, felicitándose, al mismo tiempo, por haber encontrado una fisura — su fisura — en el granito patrimonial. «Mi padre me explicaba que los viñedos serían gestionados por ingenieros agrónomos. Íbamos a incorporar nuevas tecnologías y máquinas en todas las fases de producción. En ese entonces, ya me parecía un error. Hoy nos damos cuenta de que fuimos demasiado lejos y buscamos un nuevo equilibrio entre modernidad y técnicas ancestrales», cuenta Ernesto, quien de chico gustaba deambular entre las vides junto a los campesinos mendocinos. «Mi padre es una persona muy racional, que disfruta serlo. Su estética es racional. Le gusta la perfección, el control. Como hijo, me opuse a todo eso y me convertí en un hombre más intuitivo.»
Alma Negra: no ver para creer
La filosofía de Ernesto se encarna en Alma Negra, su marca más emblemática y misteriosa. El nombre en sí mismo es un manifiesto, una invitación a cerrar los ojos para abrir la mente. El consumidor evalúa el vino según su experiencia sensorial pura. Sin saber nada de la receta: varietales, crianza, proceso de elaboración, terruños… En un mundo obsesionado con los datos y las denominaciones, Ernesto -el hereje- propone no ver nada para creerlo.
Padre de tres hijos, el mayor de los cuales, Tikal (29 años), acaba de convertirlo en abuelo feliz, el vitivinicultor nunca confirma su edad y prefiere entregarse a sensaciones atemporales. Todavía huele la madera echada al fuego en el salón de la finca de Libertad, donde su abuelo se levantaba a las cuatro de la mañana para recorrer las viñas. Habiendo partido temprano de Mendoza, a los 4 años, rumbo a los Estados Unidos, Ernesto también vivió en Inglaterra y en Italia, sin cortar nunca los lazos con su paraíso andino. Fue en Milán, donde obtiene un máster en Diseño, y donde toma conciencia de su cultura, entonces «totalmente norteamericana». «Cuando llegué a Europa, me di cuenta de que había una civilización desconocida y antigua. Descubrí una civilización desconocida para mí y me acerqué definitivamente a las humanidades. No sólo aprendí sobre marketing, sino sobre identidad y cultura de producto», declaró a Cronista en mayo de 2008. Graduado en Computer Science and Economy en la Universidad de Tufts (Massachusetts), este curioso insaciable fundó una empresa de informática, Worknet, trabajó en la industria de la moda y hasta estuvo cerca de una carrera de escritor: «Tenía veintipico de años, vivía en París y escribía a máquina. Me gustaba tanto leer que quería ser escritor. Fue ahí que tuve el click y pensé que tenía que dedicarme al vino para tener una actividad productiva.» Echar al natural…
Siempre sorprender
En 2001 asume la presidencia de Escorihuela Gascón, pero es con Ernesto Catena Vineyards que se permite «el lujo de hacer locuras»: un viñedo en laberinto, un baile de máscaras para presentar el primer Alma Negra, una galería de fotografía contemporánea en Palermo, etiquetas adhesivas…
Fernando Trocca, chef mediático y amigo de Ernesto, recuerda un viaje a Mendoza en 2003. «En lugar de hacernos venir en avión desde Buenos Aires, como hacen todos los dueños de bodegas, Ernesto nos fletó un micro y nos invitó a viajar en familia. El largo viaje pasó volando. Nos recibieron con empanadas, vino, un grupo de música folklórica», recuerda Trocca. «Es revelador de su manera de hacer las cosas: Ernesto siempre quiere sorprender.» Hoy, todos estos proyectos innovadores encuentran eco en un mercado en plena mutación. De los vinos bajos en alcohol a los vinos naranja, pasando por los naturales y otros varietales poco conocidos, Kuschnaroff confirma su intuición de partida: «Tenemos la sensación de estar donde tenemos que estar. Cada vino tiene una identidad bien propia y la demanda responde.»
Sobre los vinos naturales, Marina Beltrame, primera mujer sommelière de Argentina y fundadora de la Escuela Argentina de Sommellerie (EAS), le da a Ernesto lo que es de Ernesto: «Un vino puede sufrir una mínima intervención humana, pero ante todo debe ser sano y bueno.» Beltrame, que conoce a la familia Catena desde sus primeros pasos en el mundo del vino, recuerda una entrega de diplomas donde Ernesto, atento, le pregunta por Pablo Tenguerian, sommelier en ciernes premiado en la ceremonia. Veinte años después, Tenguerian sigue al frente del departamento comercial de Escorihuela. «Ernesto es alguien atento, que escucha, conectado con su entorno», destaca Beltrame.
Con audacia y nostalgia
Nuestro encuentro tiene lugar en un día soleado de principios del verano porteño. Al pasar a la terraza de Wine is Art, Ernesto aprovecha para tomar un ejemplar de la tercera edición de La Revue. Lo observamos con alegría sumergirse en la lectura y decidimos no interrumpirlo.
Cuando vuelve a nosotros, la conversación deriva hacia la evocación, tierna y desordenada, de recuerdos de infancia. Esa época en que uno pasaba «el día entero» abandonándose en los brazos de Dionisio, el dios de la vid. En Mendoza, como en el sur de Francia, en Italia o en España, el clima seco y cálido justifica que uno se refresque.
Ernesto Catena, ese globe-trotter vuelto a sus raíces, encarna el encuentro entre la nostalgia de un mundo desaparecido y la audacia de la innovación. Su creatividad se expresa en ese je ne sais quoi que escapa al control de la ciencia. Esa famosa evaporación que se produce durante la crianza de los vinos en sus barricas de roble. La part des Anges (la parte de los ángeles). Entre la razón de los Catena y la intuición de Ernesto, en el cruce entre la vitivinicultura de precisión y la obra de arte… La parte de los Andes.


