“El casamiento de Anita y Mirko” se celebra hace más de 20 años en el Centro Cultural Barracas. Es un espectáculo de teatro comunitario que viaja de Buenos Aires a Francia.
La noche más fría del año recién empieza en el antiguo barrio de Barracas y esto no desenvalentonó a los vecinos. La cola de gente formada en Iriarte 2165 nos indica que algo especial está sucediendo. Algo que ni el frío puede parar : una de las propuestas culturales más interesantes y longevas de la escena teatral de la ciudad.
El casamiento de Anita y Mirko, teatro comunitario en estado puro
“El casamiento de Anita y Mirko” se celebra hace más de 20 años en el Centro Cultural Barracas. Se trata de un espectáculo que no entra en ninguna categoría. No es una obra inmersiva, no es una obra site specific, no es un híbrido entre escape room y teatro, no es aquello que puede ser plausible a categorizar y colonizar con términos comerciales.
«Es sencillamente teatro comunitario«, asegura Corina, una de las coordinadoras del Circuito Cultural Barracas. Una pieza montada por los vecinos del barrio y a la que el público se inmerge, poniéndose de a poco el traje de invitado a la boda. Apenas llegamos escuchamos el jolgorio en la cola, es que están llegando los invitados de Anita y Mirko. “La fiesta empieza en la vereda”, continúa Corina. Y es verdad: el barrio no está solo como telón de fondo, sino como corazón palpitante de la experiencia.
Una oda al barrio de Barracas, barrio escenario y partícipe de la obra El casamiento de Anita y Mirko
Todo sucede ahí, con Barracas de tela de fondo, aquel barrio lejos de los centros culturales que suelen tener mayor difusión. El casamiento de Anita y Mirko demuestra que las fiestas se pueden hacer acá, con lo que hay, con lo que somos. Ese sentimiento hace que empecemos a sacarnos nuestro disfraz de público, porque claro, algunos invitados ya nos preguntan de quién somos parientes. Todos vienen por Anita, parentela que no se ve hace tiempo, comentarios sobre la ropa y desde ya nuestro espíritu chuma puede empezar a hilar algunas cosas: la familia de Mirko, parecería ser no tan amable, al menos del lado de Anita.
Una vez que entramos, nos reciben tres maestras de ceremonia a la “Taffie de mi Barrio” (pronúnciese en el francés más estrambótico), el nombre del salón en el que todo se va a desarrollar. Nuestra entrada tiene el número de mesa, por lo que nos acomodamos junto a otras personas. Todos nos miramos, sin saber bien cuál es nuestro rol en el lugar, esto nos hace relacionarnos desde otro lugar. Nos desprendemos de todo lo que supuestamente nos hace sentir espectadores para ocupar otro rol.
Tenemos que ponernos a entender el lugar en el que estamos, pero siempre con la ayuda del que está en nuestra mesa y, obviamente, con quienes vienen y, con quienes están ya sabiendo más que nosotros sobre esta historia, porque no es la primera vez que lo hacen: hay gente que repite la experiencia cada año. Hay personas que vienen más de una vez: “es la octava vez que lo veo”, comenta una asistente profesora de Zumba, adicta a la magia del Casamiento de Anita y Mirko.
Algo de eso se nota: la familiaridad con la que algunos caminan el espacio, saludan a ciertos personajes, esperan con entusiasmo el brindis, todo revela que no se trata solo de una obra, sino de un ritual compartido.
Los actores son vecinos del barrio, todos somos parte
A esta altura, todo sucede en simultáneo. Los actores, que son vecinos del barrio, se mezclan con nosotros. Se genera una confusión deliciosa: ¿quién actúa y quién no? ¿Quién es la tía y quién es la espectadora de Flores que vino sola? Pero pronto eso deja de importar. Todos somos parte. “Lo que proponemos es un encuentro, un marco afectuoso, donde todos los prejuicios desaparecen”, dice Corina. Lo que parecía solo una entrada performática se convierte en una filosofía escénica: sentarse con extraños, brindar con desconocidos, bailar con quien te toque. Nadie queda fuera.
Automáticamente sucede la magia, estamos discutiendo sobre los trapos sucios de la familia de Mirko. “Son medio raros”, nos dice la mamá de Anita, y otra persona responde que lo peor es la tía, que seguro va a armar escándalo más tarde. Uno se ríe y se deja llevar. No importa si sos bueno improvisando, es la experiencia perfecta para hacerlo, pero sin ninguna presión. Nadie te evalúa. Es una ficción que te abraza, una dramaturgia porosa donde lo real y lo ficcional se confunden con ternura.
La fiesta de casamiento de Anita y Mirko no se queda en Barracas
Lo más inesperado es quizás enterarse de que esta fiesta de casamiento de Anita y Mirko no se queda en Barracas. Aunque todo en ella parece pegado al barrio, las voces, los cuerpos, los gestos, incluso el decorado, su filosofía ha cruzado océanos. “Desde hace cinco años, parte del equipo de coordinación del Circuito Cultural Barracas viaja entre dos y tres meses a Francia para realizar diversos seminarios y formaciones de retransmisión de nuestra práctica de teatro comunitario”, cuenta Corina.
El objetivo es doble: compartir la experiencia y, sobre todo, sembrar la posibilidad de que otros colectivos se animen a hacer algo similar en sus propios territorios. Allá, en ciudades y pueblos donde a veces las instituciones culturales se han vuelto rígidas o distantes, este modelo irrumpe como una sorpresa. El caso de Francia es llamativo. “Cada vez más las asociaciones y colectivos culturales de Francia visualizan como necesidad trabajar con los habitantes de su territorio, y luego de nuestro paso quedan entusiasmados con llevarlo adelante”, agrega Corina. No es inmediato: lleva tiempo, requiere compromiso, pero el entusiasmo persiste.

El casamiento de Anita y Mirko contagia más allá de las fronteras
Esa capacidad de contagio es una forma de habitar el arte, es quizás la medida más concreta del valor de este proyecto. Porque si algo demuestra el casamiento de Anita y Mirko, es que hacer teatro con los vecinos no es solo una forma de representar el mundo, sino de transformarlo. En Barracas o en París, en una fiesta de casamiento o en una plaza tomada por canciones, el teatro comunitario insiste: hay otra manera de estar juntos.
“El espectáculo El casamiento de Anita y Mirko no es para reírnos de la gente, sino con la gente”, insiste Corina. Y sí, hay humor, hay exceso, hay grotesco. Pero nunca cinismo. Lo que hay es ternura. Mucha. Hay canciones en vivo, brindis, escenas desopilantes, novios que se aman, familias enfrentadas, personajes inolvidables y un nivel de coordinación que solo puede venir del trabajo colectivo sostenido durante años. Porque no se trata de una fiesta suelta, sino de un proyecto que lleva casi tres décadas. “El casamiento de Anita y Mirko es un espectáculo protagonizado por 60 o 70 vecinos actores, de todas las edades. Es una forma de contarnos y de transformarnos”, dice Corina.
Y en esa idea se cuela lo más hermoso: El casamiento de Anita y Mirko, con toda su ficción, tiene un anhelo profundamente real. El de estar juntos de otra forma, de convivir distinto y de pensar que el teatro no es solo un lugar al que se va, sino algo que se hace entre todos.
Y en esto resuena de manera potente los testimonios del pasado, esa acción diferida de la unión del arte y la vida, tan en sintonía de aquellas primeras vanguardias con Antonin Artaud y su Teatro de la Crueldad que aspiraba a un intervención directa en la vida, que sacudiera al espectador más allá de la razón, para que se despegara de la confusión y lo preestablecido para encontrar una verdadera identidad crítica.
Para poder asistir, se recomienda estar atento y seguir las redes sociales del Centro Cultural Barracas: @ccbarracas.


