El alfajor, la clásica delicia argentina

Chiquitos, grandes, de chocolate negro o blanco, de maicena, con coco, rellenos de mermelada de fruta o dulce de leche… El alfajor argentino, esa dulce exquisitez compuesta de dos partes y un relleno dulce de variaciones infinitas. Con 900 millones de alfajores vendidos cada año en Argentina, sin duda forma parte de los clásicos de la comida local, a la par del mate, las facturas y el asado

La historia del alfajor argentino no es fácil de rastrear: Al igual que pasa con Argentina, se ha enriquecido con los distintos orígenes inmigrantes e historias locales. La palabra alfajor tendría su origen en el vocablo árabe Al-Hasu, que designa un postre hecho de miel, pasta de almendras y nueces. Así, los árabes lo llevaron a Andalucía allá por el siglo VIII, y luego los andaluces lo trajeron a Argentina en el siglo XV. Los argentinos lo adoptaron y por entonces, ese nombre designaba el bocado dulce de dos galletas separadas de una buena capa de relleno de dulce de leche. Luego cada provincia y región adaptó su propia versión: de distinto tamaño, espesor, con más de una capa de relleno y con nuevos gustos y coberturas. Fue a mediados del siglo XIX que el francés Augusto Chammas, instalado en Córdoba, industrializó la producción del producto. Cien años más tarde, aparecieron las primeras marcas : Fantoche, Jorgito, Havanna… ¡Nacía un ícono nacional!

Y desde entonces, su fama y su consumo no dejaron de crecer: un argentino consume en promedio 20 alfajores por año. Hace poco, Carlos Marconi, el primer entrenador de Lio Messi; contaba que tenía un acuerdo con el joven futbolista: por cada gol que éste anotara le daría un alfajor… O dos si lo hacía con la cabeza. Anecdótico tal vez, pero da cuenta de la devoción argentina por tan rica golosina.

Hoy en día, las marcas de alfajores cuentan con tantas variantes como sea posible, con una capa de relleno o dos, cubiertos de azúcar glaseada o chocolate negro o blanco… Y por supuesto están los alfajores “premium” que posicionan a este bocado dulce entre las mejores obras de pastelería locales y aptos para la exportación.

A todos aquellos que todavía no lo probaron, esperamos haberlos tentado. ¿La opción más rápida para conseguirlos? Corran hasta el kiosco más cercano. Generalmente hay varias marcas para elegir. Todos los argentinos tienen su preferido, no duden en preguntar cuáles son los mejores a sus amigos: tal vez el Terrabusi, una de las primeras marcas en producirlo industrialmente, el Bon O Bon para los más prácticos, el Cachafaz para los más gourmets, el Jorgito en sus tamaños grande o chiquito, el Suchard con relleno de mousse de chocolate… Y si por casualidad ven un Capitán del Espacio no lo dejen pasar, son rarezas producidas en pequeñas cantidades a veces difíciles de encontrar en la capital.

Aunque tal vez prefieran comerlos sentados en algún café, las confiterías históricas como Los Dos Chinos o Las Violetas los sirven en sus originales meriendas con sello argentino. Y si quieren probar un alfajor completamente revolucionario en sabor, acérquense a Hasta la masa para probar el alfajor de frutos secos.